Quiero expresar por medio de este tema cómo el Espíritu Santo ha interpelado mi vida, ha tocado en mi un despertar, un abrir las puertas del discípulo y misionero que debemos ser todos lo que por el bautismo, nos incorporamos a la Iglesia de Cristo, esta barca que a través del tiempo y a pesar de las tormentas, hecha las redes y se lanza por medio de diversos momentos de la historia y de la geografía a anunciar y proclamar con la fuerza del Espíritu Santo la Buena Nueva, "La Iglesia que Cristo ha fundado en sí mismo por su pasión sufrida por nosotros, la funda ahora en nosotros y en el mundo mediante el envío de su Espíritu"[1].
Por ello, quiero abordar como punto inicial la operación del Espíritu Santo en la Iglesia, para luego ver su acción en los discípulos y misioneros. Esto no sin antes hablar de la persona del Espíritu Santo, promesa hecha de Jesús antes de marcharse de nuevo al cielo, desde allá nos envía, junto con su Padre, al Paráclito. Es San Lucas quien nos relata su venida: "Llegado el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa. Y aparecieron unas como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2, 1-5).
Es por tanto, la Persona del Espíritu Santo quien anima y camina con la Iglesia, ella manifestación viva de su actuar, no solo en la iglesia naciente, Él ejerce, en todo momento y en toda circunstancia, ya lo decía su Santidad el Beato Juan Pablo II a feliz memoria, "La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo, como aquel que es dador de vida, aquél en el que el inescrutable Dios trino y uno se comunica con los hombres construyendo en ellos la fuente de vida eterna"[2]
El actuar del Espíritu Santo, no es una acción misteriosa, es una vivencia que se ve manifestada en el desarrollo del cristiano, por ello, la Iglesia es culmen de la plenitud del Espíritu Santo que se derrama “a partir de Pentecostés, la Iglesia experimenta de inmediato fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se expresa en diversos dones y carismas (Cf. 1 Co 12, 1-11) y variados oficios que edifican la Iglesia y sirven a la evangelización (Cf. 1 Co 12, 2829). Por estos dones del Espíritu, la comunidad extiende el ministerio salvífico del Señor hasta que Él de nuevo se manifieste al final de los tiempos (Cf. 1 Co 1, 6-7). El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (Cf. Hch 4, 13) y Pablo (Cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a quiénes deben hacerlo (Cf. Hch 13, 2)”.[3]
Aquí es donde quiero acentuar mi discurso, el Espíritu Santo es Señor y Dador de Vida, además, es el que orienta a la Iglesia peregrina con sus discípulos y misioneros a anunciar la permanencia de Cristo, no en su forma corporal, pero si en su presencia actuante y vivificante. Este planteamiento se desarrolla por tanto, en el comprender mejor cuál es la misión de la Iglesia y cuál nuestra propia misión en la Iglesia. Comprender cómo realizarla en y desde la Iglesia.
